domingo 8 de mayo de 2011

Otro provecho, dirás.

El trozo de tela polvoriento se adhería a su muñeca. Luto, hijo, estoy de luto, señor, estoy de luto pero no me duele, cabrón. Le molestaba sobremanera las personas que llevaban el pésame en el bolsillo de la chaqueta, del traje, de la pamela.

Era pobre, muy pobre, pero no le faltaba de nada: una hija bonita, una mujer mejor que él. No tenía posesiones, tenía relaciones. –Cuidó las almas en detrimento de su techo.  Esto lo decía el párroco, mientras Fermín se pudría como todos los demás.Pero estaba bien, al fin y al cabo todos acabamos en latas de conserva allí arriba. Esto lo decía señalando extrañamente el campanario de la iglesia. Ah, sí, la misa era al aire libre. Agosto y el calor hacía que el sol se regocijara en aquella maraña de camisas y vestidos negros.

Por respeto a la estupidez, nadie llevaba gafas de sol. Ceños fruncidos y lágrimas que se desgajaban ojeras abajo. Ojos rojos de rabia y tristeza por su inesperada muerte. –El dolor se enseña, la alegría se reparte. Si haces lo inverso las pasarás putas. Esto ya era cosa de su mujer.

Fermín había muerto de pena cuando creía que su hija se iba. Luto, hijo, estoy de luto, señor, estoy de luto pero no me duele, cabrón, invocaba su epitafio. Fue la frase que dijo al mesero cuando, tras la bajada de tensión que le produjo la noticia, pidió el whisky que le causó la muerte súbita. El trozo de tela era el pañuelo de la cabeza que su hija había anudado en su antebrazo, en señal de que dejaba el pueblo y se iba a la ciudad en busca de provecho. –Otro provecho, dirás.


Fueron las últimas palabras que su hija oyó de él. Así fue.
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lunes 3 de enero de 2011

Gerardo redentor y el caso de Europa tras la guerra del 30 (Parte I)


Para él la vida no era viajar, para él la vida era sentarse cada mañana en la mesa a comer campurrianas –arguyó Sergio, por encima del murmullo de la multitud. Con esta frase terminó el encomio a Gerardo, proferido por parte de su mejor amigo, Sergio. Las personas allí presentes empezaron a salir de la iglesia en tropel, decepcionados por el discurso sobre el que era, hasta ese momento, el líder ideológico de toda una generación de idiotas. Quizás esperaban algo alentador – continuó Sergio hacia Lidia, la pareja de Gerardo. Has hecho lo que debías, les has contado la verdad – con voz entrecortada apuntó ella, mientras lo abrazaba.


Gerardo había muerto y, tras él, toda una estela de personalidades carentes de identidad propia que buscaban en él, cada día, un gurú espiritual. Sergio y él regentaban una pequeña frutería del centro de Zaragoza, en la que se dedicaban, realmente, a escribir aforismos en las frutas que vendían. Era un verdadero asco, pero nadie se las comía. La gente que allí acudía iba en busca de una sentencia breve a la que recurrir como tótem cada vez que su ego parecía desmoronarse. El procedimiento era bien sencillo: cada vez que tu escala de valores se tornaba vacía, la fruta podrida que estaba en tu encimera, con la sentencia escrita, dictaba que tu incoherencia moral no era fruto de una mala acción, sino de un necesario avance y cambio.

Desde la disolución de la Iglesia Católica de Occidente en 2033, la Naturphilosophie y su falsa moral alternante, basada en una concepción ascendente y, a la vez, infinitamente circular de lo que era concebido como éticamente correcto, había inundado el sentir espiritual de buena parte de Europa y Asia. El carácter perecedero y efímero de la fruta se convirtió, muy pronto, en el estandarte y culto de la corriente. Estos eran, básicamente, los presupuestos en los que estaba inscrita la frutería de Gerardo y Sergio.

miércoles 8 de septiembre de 2010

Cunca

Las personas allí presentes se estremecieron a nuestra entrada. Era el sonido, era la madera, era la estancia llena de personajes sacados de una novela de Buck Mains. Pura fantasía, imaginación y gente pintoresca y detestable por igual. Tonos marrones, tonos grisáceos, la estética de los desalmados. Aquel lugar era realmente bello.

Nos empezamos a derretir a la tercera taza de vino, comenzamos a desdibujarnos y a reír de manera grosera. Hacia dentro, hacia el estómago, contra el alma, a través de la córnea. Entonces empecé a suplicar, quería lo de ellos.-Póngame lo de ellos, póngamelo, para llevar- repetía. Caí al suelo, me revolqué como un cerdo en el vino y luego salí de allí. Yo era mucho más que un cerdo entonces. Uno con silueta de sílfide, con título.

Llegué a casa, besé a mi mujer y le pedí explicaciones por su aliento.

martes 10 de agosto de 2010

Helicón


Las chicas de la parada de bus se han dormido, ya no están. Sus manos pegadas al suelo reposan. Sus cabezas, el en acolchado del cemento, tibias y suaves. El aire, granulado, de helado derretido, baja por sus piernas. Las acarician todos los viandantes que por allí pasan. Yo también lo haría, me uniría al gesto. Pero me da igual la historia, la línea, puntoycoma, me entretengo en el sueño, en un cuerpo o en una frase. Que no vale para nada, lo sé. Es pura estética, pura ternura, como ellas.

Futurible


Tengo mi futuro en tres hojas de papel manchadas de café, chocolate y cocacola; a una le falta un trozo que arranqué para la lista de la compra, otra tiene un tres en raya y la última un dibujo de cómo sería yo con sombrero vaquero.

martes 13 de julio de 2010

Pacto tácito

Las alteraciones de su piel eran vestigios paralelos a las convulsiones de su cuerpo provocadas por el llanto. Su alma se estaba ahogando, y su cuerpo no respondía de otra forma que meciéndose en gesto de autocompasión, de un lado al otro del sofá en el que reposaba, como intentando acunar sus sentimientos hasta que estos encontrasen el sueño y la inconsciencia.
Los rayos de luz provenientes del exterior se filtraban entre las rendijas de la persiana que permanecía bajada, para luego ser entorpecidos por los dedos que velaban su cara, como guardianes acérrimos de la intimidad de su rostro. Lo que sentía quedaba registrado e impreso en él a través de los ligeros espasmos internos que se iban sucediendo. Su cuerpo como expresión gráfica del reclamo a la soledad. La compasión ajena no tenía lugar.
La situación a lo largo de los tres últimos años era la de una lucha interna, tan sólo asistida, en ocasiones, desde un remoto exterior. Así lo atestiguaba la reverberación que producía el sonido del llanto en la habitación al no encontrar ningún cuerpo, salvo el suyo, por el que ser absorbido y apaciguado. Se trataba de una reclusión voluntaria.
En un momento dado, se percató de que no estaba sola. Había estado tan ensimismada en sus cavilaciones que no había advertido la presencia. Estaba él, observando expectante desde el umbral de la habitación, rompiendo con su figura la silueta trazada por el marco de la puerta. Pero ello no le provocó molestia alguna.
Ella se puso en pie, caminó hacia la ventana y levantó la persiana. Se detuvo unos instantes a contemplar lo que a través de ella sucedía. Ya no queda nada ni nadie, musitó. Y se entretuvo unos segundos dibujando con los dedos las siluetas de las casas que veía tras el cristal. Luego, volvió al sofá, clavó los codos en su estómago y empezó a llorar de manera entrecortada y suave, como si alguien le estuviera acariciando el pecho desde dentro.
Él atravesó la estancia, se sentó a su lado y, sin mediar palabra, hizo deslizar delicadamente su mano a lo largo de su espina dorsal, en una caricia que estabilizó sus gemidos en un único sonido homogéneo, como si de una copa de cristal se tratase. Las lágrimas que huían de sus ojos para encontrar reposo en sus pies descalzos dejaron de manar tras el gesto. No había nada que decir, ella lo sabía y él también. Tan sólo era la forma de cerrar un pacto tácito sobre algo que ambos sabían, pero que ninguno acertaba a expresar más allá de los límites de sus respectivos cuerpos.

viernes 2 de abril de 2010

Volován

La escena de una niña comiéndose los cordones tras el cristal de una zapatería le recuerda al inicio, cuando el contacto físico era irreemplazable/ cuando el olfato se adueñaba de la vista/y el tacto suplía al oído. Cuando ella era.

Su parte animal precede a la intelectual. Sabe que nadie siente de verdad lo que hacen con ella. El primero, el segundo, los siguientes, los que están por venir: el mismo una y otra vez.

Al llegar a la calle la acera le cuadricula los pies y el bordillo corta en dos al cruzar. Teme siempre aquello que ansía. Cada día de camino a la facultad se convierte en metáfora y analogía de lo que desea conseguir. De lo que pospone sentir.

-Mantén dentro lo que simules descontrolado fuera- rechinaba en su cráneo cuando sentía el beso en aquella mejilla.

Apenas lloró. Casi no notó el cuerpo extraño. El miedo a quedarse sola esa noche disimuló todo lo demás, todo lo que le faltaba.