sábado 31 de octubre de 2009

La muerte de una ballena

Cuando estás en una zona cálida, las partículas que conforman el agua marina se separan, toman aire y se convierten en olor, transportadas a veces por la bruma, llegando a la nariz intactas, como la mejor y más reciente captura.

Aquí, sin embargo, hace frío y el mar reserva sus aromas. Pero si te acercas a la orilla y calientas el agua entre dos manos, haciendo un cerco con ellas, el olor a sal empezará a emanar como si hubiese estado recluido durante décadas, los poros se abren y puedes oler hasta con los dedos.

Cuando una ballena muere en una orilla irlandesa, la gente viste de manga corta, los pescadores tiñen de azul oscuro sus vestiduras y todo el pueblo llora por lo que ha dejado marchar. Alguna vez en la vida verlo, estaría bien.

La América de las gasolineras en el desierto (I)

El tapiz cubría la carretera a partes desiguales. Una gota se mezclaba con el polvo y, de pronto, era algo marrón y espeso. El sudor había parado de emanar para dejar paso a la introspección de su vida en los últimos dos meses. Era la despedida de su sangre.

En los surcos de las palmas y en las uñas tenía manchas de aceite que lo camuflaban ante el asfalto. En el antebrazo izquierdo asomaba un corte que no era profundo ni doloroso. Pero brotaba suficiente líquido, hacía zigzags en el brazo y se detenía en la pulsera de reloj para formar una “T” que terminaba su camino fuera del campo de visión.

Mientras miraba al cielo, la tierra del suelo hacía el equipaje y huía a sus bolsillos. Para el último viaje que haría de costa a costa había decidido enterrarse de adentro hacia fuera. Nadie echará de menos a nadie hoy, la gente tiene polvo en los ojos - musitaba con la boca deshabitada y la lengua ladeada.

Pasaron dos horas y seguía tirado en la carretera. Pasaron tres y empezó a arrepentirse de su atuendo. Se había puesto una armadura réplica de la caballería de Luis XV y había rodeado su cuerpo de botellas de coca-cola vacías.

Aproximación geográfica a la región del Picatoste

La región del Picatoste es, más o menos, un paraíso en medio de una montaña de cartón piedra. La gente rueda colina abajo como transporte más eficaz y los niños ganan sus propinas frenando a los que descienden. Con traje amarillo y rayas verdes, son el signo de explotación más esperanzador de sector público.

El sol sale si le llamas y la luna lucha por hacerse un hueco a partir de las seis de la tarde. La fluidez de sus ríos es más parada de lo normal ya que, en tiempos del primer gobernador del Picatoste, decidieron echar maicena al agua para frenar su curso. Es un río circular que corona la montaña, por ello sus desbordamientos se conocen como “sangre de Cristo vengador”. Es, pues, un sociedad anticatólica que ve el curso de la humanidad, desde la segunda venida del Jesucristo, como una venganza a quemarropa del Señor.

No tienen dinero ni lo padecen. Se organizan en cuatro estratos sociales, que vienen dados por la situación geográfica de sus habitantes. Del río para arriba viven las clases pudientes y los ancianos, ya que el cono norte de la montaña gira sobre su eje a la par que los girasoles, para obtener luz solar el mayor tiempo posible, desentumeciendo los huesos craneales de la tercera edad. En el cono sur, viven los que trabajan a cambio de agua y los que trabajan a cambio de tierra; recursos situados, ambos, en el cono norte. En la base de la montaña están los niños, siendo un subsector de éste último.

viernes 30 de octubre de 2009

Algo inconmensurable

Carla –la hermana de Pablo- y yo, buscábamos por todas las extremidades de nuestros cuerpos signos visibles de lo que hacíamos en su habitación después de comer. Luego salíamos y bajábamos al salón, nos sentábamos en el sillón de tres plazas y nos mordíamos los puños hasta la noche.

La noche se tornaba difusa entre sus miradas y las risas de Pablo. Era un sentimiento continuo de culpabilidad y, a la vez, de satisfacción por quedar toda mi felicidad reducida a dos cuerpos conocidos.

Con los dos tenía cariño y sexo. Con Pablo emanaba de su propio ser, dirigiendo un sentimiento universal que ansiaba conquistar el cuerpo y mente de una mujer. La dirección era indiferente, el conocimiento total era lo que buscaba en el final. La posesión física y espiritual que encontraba en Tokio Blues, pero que chillaba en su cabeza cuando la entendía como una idea, no algo acumulable en un solo ser. Con Carla se limitaba a una transmisión de todo aquello que siempre has querido expresar con palabras, pero que acaba convirtiéndose en golpes secos a una mesa, sin abrir el puño después del golpe por miedo a acrecentar el dolor.

jueves 30 de julio de 2009

Borrador

CUADRO PRIMERO

La escena es clara, la luz de una farola revela a un niño sentado al lado de un hombre de mediana edad en un banco, en una acera. El niño escucha algo que le dice el hombre mientras se limpia las rodillas con las yemas de los dedos. Éste gira la cabeza hacia el adulto mientras sigue sacudiendo sus rodillas. Escucha y responde.

NIÑO 1 – Me gusta señor, me gusta mucho. No caminaré más tocándome las rodillas con los codos, me avergüenzo, caminaré normal. Entiendo que el hecho de vivir en una avenida oscura por la unión de los bloques de apartamentos no sea un motivo. Es cierto que el tiempo es agradable, las baldosas negras de la acera cada día matan a más hormigas con su calor; en las blancas sobreviven, y las que vieron morir a sus compañeras parece que juegan a la rayuela. Caminan en diagonal, luego en vertical y otra vez en diagonal. Es verdad, parecen locas, pero son mejores que yo, eso lo dice mi madre, que debo trabajar, formarme, ser algo en la vida. ¿Usted qué cree?. Yo no le pido nunca nada a mis padres, pero parece que yo tengo que dar algo por obligación, señor. A mí lo que me gusta es sentarme aquí en la parada de bus a hablar con la gente. ¿Conoce usted algún trabajo de eso? Mire, yo no digo que sea muy inteligente, pero se me da bien aconsejar a la gente. El otro día mismo le aconsejé a otra señora de su edad que dejase el bastón porque era síntoma de muerte. Mi abuela caminaba con bastón y por eso nunca la llegué a conocer, fíjese.

Oiga, ¿y usted de dónde es, señor?. Yo soy del barrio, pero no le había visto antes. Y, oiga, yo no olvido nunca ninguna cara. Incluso conozco a todos los conductores de la línea. Ellos me conocen y dicen que debería ser revisor de mayor, que tengo aptitudes. Yo no sé qué es eso de las aptitudes, pero sí sé que me gusta la parada del bus y si para estar en ella de mayor revisando tengo que darle mis aptitudes, se las doy, señor, que yo no soy nada egoísta. Pero, dígame usted, ¿qué tiene que tener alguien para subir en el autobús a viajar?.

HOMBRE 1 – Yo fui conductor una vez, pero soy extranjero, ¿sabes?, en este país no me permiten trabajar de transportista si no renuevo mi permiso. Y no tengo dinero ni ganas. Ahora soy otra cosa, jamás volveré a ser conductor.

NIÑO 1 – Pues creo que debería. Yo podría ser su revisor cuando lo necesitase. Ahora estoy de vacaciones. Si pregunto a mis padres, seguro que me dejan. Últimamente sólo hablan conmigo para decirme que haga algo de provecho, ya que no puedo ir a la escuela como el resto de los niños.

HOMBRE 1( Extrañado. ) ¿Y por qué no puedes?

NIÑO 1 – Tengo alergia.

HOMBRE 1 – ¿A la escuela?

NIÑO 1 – No, a la tiza especial de la región Picatoste que usan en mi colegio. Dice mi madre que si voy, no creceré y me quedaré enano. Los picatostes se meterán por mi cuerpo y me enfermarán.

HOMBRE 1 – ¡Pero si no existe ninguna región del Picatoste!

NIÑO 1( Indignado. ) Oiga, que mi madre puede que no haya estudiado mucho, pero ella sabe bien de lo que habla. Nació allí, en el Picatoste, calle 73, me lo repite siempre. Se fueron de allí por mí.

HOMBRE 1 – Creo que tu madre te miente. Pero supongo, y esto lo entenderás de mayor, que es por una buena razón. Las cosas no andan bien desde que el gobierno cambió. Yo mismo tuve que venir a esta región a buscar trabajo. Me arden los pies de caminar en busca de él.

NIÑO 1 – Lo que usted diga. Pero yo tengo sangre del Picatoste. ( Con indiferencia. ) Y, por cierto, ¿de qué trabajaba usted?

HOMBRE 1 – Era dibujante de viñetas satíricas en el periódico de mi ciudad. ( Altivo. ) Sé que no sabes qué es eso, pero es algo que entenderás de mayor. Sólo te puedo decir que estoy en tu región porque los de “arriba” no me quieren allí. O mejor dicho, sí que me quieren, pero yo no me dejo querer.

NIÑO 1 – Mi madre siempre dice que no me deje querer por extraños. Hace usted bien. Seguro que se llevaría bien con mi madre, a pesar de que tenga una imagen errónea de ella. Con mi padre, ay, amigo, no creo que hiciesen tan buenas migas. Todo lo que sea dibujar, lo tiene por bohemio, como él dice. Yo no sé qué es eso de bohemio, pero sé que se le frunce mucho el ceño al decirlo. Y eso sólo pasa dos veces al año: cuando pregunto sobre mi región de origen y cuando le digo que quiero ser un pintor como Henry Darger.

HOMBRE 1(Perturbado. ) Dime, ¿cómo conoces tú a ese pintor?.

NIÑO 1 – Él era de Chicago, ¿sabe?, y, según él, Chicago es la ciudad más americana de América. ( Se levanta del banco, se sienta en el suelo y coloca su barbilla sobre la palma de sus manos. El hombre, perplejo, le escucha con atención. ) Yo tengo un sueño, que es ir a una parada de autobús en América. Una vez vi una película en la que había un señor mayor que se ganaba la vida vendiendo calendarios en las paradas de bus. Fue reconfortante ver eso y lo achaqué al espíritu americano del que hablan mis padres, así que busqué cuál sería la ciudad más americana de América.

HOMBRE 1 – ¡Caray!. ¿Así que también quieres ser pintor?

NIÑO 1 – Sólo si lo de revisar no da sus frutos. Pero no tengo pinturas, así que no sé con qué aprenderé.

HOMBRE 1¡Con las tizas del Picatoste! ( Ríe. )


( Continúa. )

viernes 29 de mayo de 2009

Superpoder

Nos pasábamos el invierno metidos en la cabaña tiritando. Pensábamos en ropa interior para darnos sensaciones alternas mientras sacábamos los restos de la noche anterior. Sólo salíamos los días de sol. Pero parábamos en cuanto nos pisábamos lo pies.

Seguimos así durante treinta días. Todo el carbón del mundo no podría habernos manchado porque no parábamos de sudar bajo tierra. Todas las mujeres del mundo con todos sus cariños y maneras jamás hubiesen podido reanimarnos.

En la superficie, sucios él y yo, compartimos todo lo que teníamos. Como no teníamos nada más que unas manos negras, nos volvimos esquimales y compramos un aparato motorizado para transportarnos.

En la nieve, del negro pasamos al gris, y del gris al blanco. Hasta que un día no éramos más que la escarcha de las neveras. Y se posó dentro de ellas para contemplar el espectáculo. Conservó su piel intacta durante el resto de la estación.

Tras el protector azul celeste, las paredes internas de una de ellas eran simples retazos pintados a bolígrafo, donde alguien ya había firmado una sentencia y su propia declaración de la renta.

Tiritando, de pueblo en pueblo, violábamos el espacio tiempo sin órganos propios para ofrecer. Mucho menos podíamos pedirlos prestados

sábado 16 de mayo de 2009

Bayer y el sexo farmacéutico

Sucedió que no recordaba su nombre, que tendría pronto una especie de feto flotando en su vientre y que, por primera vez, sintió un escozor entre los pulmones y el estómago, donde estaría situada la conciencia y el remordimiento, según la enciclopedia esotérica de su madre.

Corrió al cajero más cercano y sacó todo su dinero. No era un chaval muy despierto, no en el sentido habitual de la expresión. Con paso de Johnny Walker entró en la primera farmacia de guardia y, por algún conocimiento sabiamente adquirido, compró tres cajas de aspirinas para la ocasión. -¡Tómate las putas aspirinas, joder!- le dijo. Ella lo hizo. La cara de demente que no ha dormido en toda la noche se convirtió, de pronto, en un argumento de peso.

El coche fúnebre no tardó en llegar y, con él, los periódicos y las habituales burradas acrecentadas, esta vez, por el logotipo de Bayer.
El tema estuvo en boga durante dos meses. Si tecleabas “pastillas” en Google, la noticia salía en cuarta posición. Si tecleabas “Sexo y Bayer aspirina para niños”, en segunda.

Por aquel entonces yo sufría migrañas constantemente y me encerraba durante días en mi habitación a oscuras, ya que era inmune a todos los anti-inflamatorios del mercado.

Una de mis novias de la adolescencia y yo tuvimos un percance una noche. Con el sentimiento de querer cortármela para siempre, me vestí y salí a la calle. Fui a la farmacia a por la píldora del día después y me vendieron aspirinas de marca blanca. Bayer ahora se dedicaba a vender condones anti-inflamatorios.