domingo, 8 de mayo de 2011

Otro provecho, dirás.

El trozo de tela polvoriento se adhería a su muñeca. Luto, hijo, estoy de luto, señor, estoy de luto pero no me duele, cabrón. Le molestaba sobremanera las personas que llevaban el pésame en el bolsillo de la chaqueta, del traje, de la pamela.

Era pobre, muy pobre, pero no le faltaba de nada: una hija bonita, una mujer mejor que él. No tenía posesiones, tenía relaciones. –Cuidó las almas en detrimento de su techo.  Esto lo decía el párroco, mientras Fermín se pudría como todos los demás.Pero estaba bien, al fin y al cabo todos acabamos en latas de conserva allí arriba. Esto lo decía señalando extrañamente el campanario de la iglesia. Ah, sí, la misa era al aire libre. Agosto y el calor hacía que el sol se regocijara en aquella maraña de camisas y vestidos negros.

Por respeto a la estupidez, nadie llevaba gafas de sol. Ceños fruncidos y lágrimas que se desgajaban ojeras abajo. Ojos rojos de rabia y tristeza por su inesperada muerte. –El dolor se enseña, la alegría se reparte. Si haces lo inverso las pasarás putas. Esto ya era cosa de su mujer.

Fermín había muerto de pena cuando creía que su hija se iba. Luto, hijo, estoy de luto, señor, estoy de luto pero no me duele, cabrón, invocaba su epitafio. Fue la frase que dijo al mesero cuando, tras la bajada de tensión que le produjo la noticia, pidió el whisky que le causó la muerte súbita. El trozo de tela era el pañuelo de la cabeza que su hija había anudado en su antebrazo, en señal de que dejaba el pueblo y se iba a la ciudad en busca de provecho. –Otro provecho, dirás.


Fueron las últimas palabras que su hija oyó de él. Así fue.
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