Fueron las últimas palabras que su hija oyó de él. Así fue.
.
"De pequeño vivía lejos de aquí. Me decían mis padres que muy cerca del Amazonas. Al menos más de lo que lo estaban los habitantes del Panamá. Claro que los habitantes de Nicaragua estaban todavía más lejos. Yo tenía una situación privilegiada porque estaba en el país que comparte, ocasionalmente, papel de plano geográfico con la Guayana.
El hecho de que ambos países formasen la silueta de un rinoceronte en el mapa, siempre me ocasionó problemas en la escuela, ya que solía soltar una gran carcajada que resonaba en toda el aula mientras estudiábamos las regiones. Algo que empeoraba cuando usábamos mapas que, con rayas en las patas traseras del animal, le otorgaban forma de pantalón, anunciando que era zona de pleito y no era tierra de nadie.
Una parte importante de esa infancia la pasé en un pueblecito de pescadores de la costa, mirando al Caribe. Lo único relevante de esos años fue que, al igual que otros niños, con cinco años una niña mayor que yo me enseñaba cosas fundamentales sobre la vida. Cosas que, por su edad, ella ya había experimentado [...]" (Noa y las nubes del Amazonas)
"Con diez años vivía en la ciudad del volcán que hacía erupción cada diez minutos. Tenía una casa blanca con garaje americano y no tenía perro. Ese mismo año le di mi primer beso a una niña que era la réplica de Amelie en miniatura. En clases tenía como compañero de pupitre a un niño epiléptico y me dejaban ir sin uniforme porque todavía no era seguro que me quedara en esa nueva ciudad. En realidad, nunca me quedé en ninguna [...]" (Cuando visité el Polo Sur)
"En la ciudad de Caracas las nubes siempre rascaban el suelo y la picaresca de la gente hacía sus estragos en las carteras ajenas, entre la confusión del humo que llenó todos mis días de colegio y mis tardes de entretenimiento desde la ventana de casa.
Recuerdo que había algo que daba sentido a toda la confusión de la calle. Mientras caminaba torpemente, cuando mis besos todavía se dirigían a sus rodillas, mi madre me escondía de la ciudad. Cruzábamos la calle, cogía mi mano y se colocaba en el punto más débil. El tráfico de Caracas era violento y asumía cada día la posición de aguantar el impacto por mí.
En las mañanas, me posicionaba del lado de los edificios por miedo al rapto y me decía aquello de que en una ciudad de ocho millones de habitantes yo no era nadie y que a nadie le importaba. Cuando llegaba la noche, la confusión del día se convertía en desolación, ruidos dispares de sirenas y gritos de demetodoloquetenga. Desde mi habitación, los aunaba todos y hacía de ellos la melodía de mis sueños.. [...]" (El punto más débil)
